El Conde del Cuore

La historia de Alessandro es el cuento de un niño de nacido en la alta cuna de la aristocracia europea, que descubrió la sexualidad a los siete años espiando a su criada echando un polvo (que no pasandolo) y que se inició en el sexo a los 14 años con una prostituta pagada por su tio. Aficciones infantiles, que nuestro eterno peter pan conservo para toda la vida. Lecquio es un putero confeso y declara, sin vergüenza, que todos somos prostitutas en potencia, porque todos tenemos un precio y nos acabamos vendiendo tarde o temprano… Este parece que es el credo que ha movido su vida, pues no ha dudado en vender su vida privada, su imagen real y falsa.

vendiendo carnaza en la tele

El famoso título de conde Lecquio fue un regalo de Mussolini a su padre, diplomático adicto al régimen fascista, pero que sólo puede ostentar el hijo mayor y él no lo es, por lo que sitiendolo mucho parece que ni conde ni na. Lo que si parece que es cierto, es que como nieto de Beatriz de Borbón y Battenberg, hija de Alfonso XIII, si mueren no sé cuantos miembros de la familia real, Dado se convertiría en Rey de España, y yo me convertiría en monárquico en ese mismo instante. En todo caso, Alessandro Lecquio no entra en nuestras ibéricas vidas reclamando sus legítimos derechos a la corona española, sino conquistando el cuore de nuestra princesa plebeya, Ana Obregón, que de aquella ya estaba forrada y acaparaba portadas y horas de televisión. Con Ana, el italiano descubrió que como buen noble no necesitaba trabajar y que aquí a inicios de los 90 aún andábamos muy verdes en lo que a vender montajes se refiere. Con lo que le hizo un hijo a nuestra bióloga favorita y se aseguro un futuro en el candelero de nuestro país. Este se puso al rojo vivo, cuando apareció en escena Antonia Dell’Ate, su ex esposa, que hizo las maletas y se vino a España a esa revolución cultural del cotilleo que se estaba cociendo en nuestro país. Juntos protagonizaron un sinfín de grandes broncas televisivas que parecían escritas por el guionista de las pelís de Jaimito. El matrimonio de Antonia y Dado no había funcionado, se deduce que porque eran demasiado iguales y hubo un choque de caracteres geniales.

Pero Alessandro sólo había empezado a montarla y nos sorprendió con una de las mejores portadas del Interviú, en cama con Mar Flores. Años más tarde vendería otro magnifico montaje a la misma revista cuando se preparo un pillado robado del conde en “porretas”, atreviéndose a hacerlo saliendo del agua, aunque usando el viejo truco de ponersela morcillona  para fardar de “cómo mola mi pistola”. Mientras se fue haciendo un hueco en la parrilla televisiva como tertuliano y colaborador de Cronicas, Dia a Dia, los debates de GH o más recientemente en el programa de AR. Gracias a ellos hemos descubierto su afición a las artes marciales (es cinturón negro de Karate), su sensibilidad, la vehemencia en sus opiniones, su actitud nihilista (de no hacer nada) y su recalcitrante machismo (se le acuña la frase: “Las mujeres que me gustan en la cocina son cocineras, en el salón son señoras y en la cama, putas”.  Si, señor, todo un gentleman mediterraneo.

Hace unos años, Lecquio contrató a una escritora, Ruth Baza, para que escribiera su biografia , pero la escritora reflejo una imagen de superviviente, seductor sinverguenza (que algunos admiramos) y que a él no le gusto nada. El libro, “La dolce vita de Alesandro Lequio“, finalmente se publicó a pesar de que él demando a la autora y exigió el secuestro de toda la edicion, pero los tribunales desestimaron la demanda no encontrando nada en la biografía que fuera contrario a la realidad.

Una de las facetas más importantes de Lecquio,  es como latin lover y su lista de conquistas conocidas es larga. Podemos citar a Maribel Sanz, Sonia Moldes o Eugenia Martínez de Irujo, Susana Molina. En cualquier caso, este picha brava parece haber asentado bastante su cabeza con su última novia, María Palacios, con la que se casó en Noviembre de 2008, tras una relación de años que todavía dura… ¿Estará viejo? No lo creo, simplemente creo que ya no tiene nada que demostrar.